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El hombre de la acera de enfrente


Estoy cansada de ensuciarme las manos, de tener que correr al lavatorio creyendo que así me volveré pura. Estoy cansada de embarrarme y de que nadie pueda verlo, quisiera que alguien que me coja entre sus manos y me diga: está bien, te acepto así como eres.
Hay días que sólo puedo sentarme a esperar a que llueva pero luego pienso en el pobre hombre que se sienta aquí debajo, con su teléfono, y se me pasan las ganas. Puede que yo esté segura y tenga un techo pero no todos las personas pueden reposar en el mismo momento, a veces cuando uno descansa el otro recién comienza su maratón. Me gustaría que se desatara la peor tormenta de la historia, como antaño en el arca de Noé, y que el pobre hombre viniera a mi casa, a verme ensuciarme las manos mientras nos protegemos del apocalipsis. 
Estoy cansada de mirar el reloj y que sean siempre las seis de la tarde, hora propicia para desatar a las bestias depresivas en mi cabeza. Quisiera que sean las once, hora propicia para irse a dormir, que llueva como nunca y que el pobre hombre me lea un cuento antes de desfallecer del cansancio.
Si vieran mis uñas negras, y mis tetas caídas, jamás creerían que soy una señorita, desconfiarían de mis padres, les preguntarían qué clase de espécimen raro crearon. Si vieran mis cejas al estilo Frida Kahlo, el bello crecido de la axila, y esta grave tendencia al decaimiento, ni siquiera tendrían fuerzas para apiadarse de mí. Creo que el único que parece preocuparse es el pobre hombre de aquí debajo, hace un rato apareció de la nada, sonriendo –no sé por qué sonreía, ¿acaso hay motivos para hacerlo?- y me saludó. “Buenas tardes, señorita”
“Buenas tardes…” No quise agregar señor puesto que aún no tenemos ese tipo de confianza.
Pero ¿es que acaso me mira de verdad o sólo ve una sombra difusa como una gota de lluvia? Yo no soy una señorita, no sé lo que soy pero le prometo, por lo que más quiera, que intentaré averiguarlo para la próxima vez que me salude.  
Qué difícil, esto de tener que andar saludándose cuando el día está tan feo, con muchas ganas de llorar, y uno aún no se conoce.

Comentarios

  1. Leída, y reconocida en la parte que te dejas conocer... y que uno es capaz de percibir.

    Y leído también tu ensayo sobre Pizarnik.

    Abrazo.

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