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Aquí, escribiéndote de nuevo




Zayanara, te escribo
pero ya no sé si estas palabras
pueden aportar claridad,
si pudiera elegir te diría
que hoy no me permito estar;
tus ojos son demonios
y los míos te abrazan hasta el cansancio.
No le temo al silencio, así, en general,
le temo a tu boca cerrada
cuando la mirada se desvía hacia
otros cuerpos
que no son los míos,
y estas manos que parpadean
e intentan abarcar el espacio cerrado
que ha quedado entre nosotras;

la conversación se vuelve tosca,
pregunto respuestas que me estudié de antemano
pero nunca coinciden con tus palabras.
Ahora quisiera preguntarte sobre el universo,
quisiera que me digas que mi nombre
rodea tu órbita,
pestañeando como un experimento casero
que te atreverías a probar;

soy la luz intermitente que rodea
el espacio alado entre dos voces,
dos silencios que se encuentran
con sus tiernos ropajes despojados,
y su desnudez latente;

voy tartamudeando lentamente tus vocablos,
me voy quedando sola, sola, sola,
y me vacío cuando termina nuestro encuentro
sintiéndome más imperfecta y destruida
que al comienzo.

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