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Supie



Bajó el sol, y ya no se percibe el tinte rosado y violáceo que había en el cielo; ahora prevalece el gris. A la mañana llovió tórridamente como si las nubes necesitaran descargar su furia sobre nosotros. Está bien, puedes hacerlo cuando lo sientas necesario. Ojalá hubiese estado yo en la calle y me habría empapado con su sabiduría. Pero aquí estaba, transcribiendo el libro visual de los diarios de Thoreau. Y mientras aquí veía naturaleza, una ajena, preservada en la historia, se me iba otra parte de ella. El pajarito se fue. Paradójicamente aquí estaba disfrutando y nutriéndome de imágenes..., que no pude decirle un último adiós a Supie. Le puse Supertramp, merecidamente se ganó el apodo porque él es un superviviente.
Él ahora anda conquistando los cielos, y yo ya no puedo alcanzarlo. Me superó. ¿Cómo puede algo tan pequeño y frágil ser mejor que el ser humano? Supie es la prueba. Puede llegar y habitar partes que nosotros no, más que con alas metálicas. De repente escuché un aleteo y se me detuvo el corazón. Desde la computadora supe que Supie se había ido. Salí al balcón y ya no estaba. Llevo este cuerpo cargado de tristeza del que no puedo desprenderme. Me durará algunos días, lo sé; luego se irá junto al pichón. Y nadie puede entender lo que estoy sintiendo porque esta sensibilidad que he desarrollado hacia la naturaleza no la puedo expresar hacia ningún ser humano, a excepción de Madre y Hermana. Hace un rato he llorado; mis llantos pueden contarse con los dedos de las manos, no suelo hacerlo. Al principio temí por Supie porque pensaba que sólo podía planear con las alas hacia abajo, y el abajo es malo para él. Pero pasó algo increíble. Más a la tarde lo vi acostado en el suelo, debajo del balcón. No pude evitar sonreír y bajé a buscarlo, sabiendo de antemano que ya no podría traerlo de regreso, Supie había probado su libertad y nadie se la volvería a arrebatar. Me acerqué sigilosamente y entonces el pájaro voló hacia arriba hasta posarse en los cables de la calle. Sonreí, esta vez, de manera que el corazón volvió a detenerse pero no de tristeza, sino de emoción. Supie demostró que podía volar, y eso significaba que ya no estaría en peligro. Anoche vi un gato pasear por la calle que da a mi departamento y temí que si el pichón no volaba sería presa fácil. Estuvo un rato más en el cableado. En un momento se acercó una torcaza e intentó picotearlo. Probablemente preguntándole si era nuevo en el vecindario. Se habrá reído de su tamaño. Debes pagar derecho de piso, le diría y luego se fue. Más tarde apareció un benteveo que hizo mover el cable y Supie casi se cayó. Tiene una pata de la cual aún no se agarra bien. Desde donde estaba vi la acción transcurrir con otra amplia sonrisa. Supie tiene muchas cosas que aprender pero sé que lo hará bien porque, al fin y al cabo, es Supertramp.  Ahora ya no sé dónde andará porque se fue de allí. Pero es como si la naturaleza o el pichón me hubieran permitido que lo viera una última vez para que entendiera que él estaba bien, que podía volar y sobreviviría. Casi doce días estuvo conmigo. Cuando lo recogí no podía comer solo, mucho menos volar. Ahora se ha ganado el apodo de Supertramp, y aunque existan visualmente miles de pájaros más bonitos, él sigue siendo el más hermoso porque al haber caído tempranamente del nido luchó por su libertad, luchó para vivir. Señores y señoras, esta es la Naturaleza que me emociona y me hace llorar; es tan grande, tan vasta, tan inexplicable de momentos…, que el humano se vuelve pequeño e insustancial pero se engrandece al vivir su vida a través de ella.

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