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Piensa



Cuando me levanté de la mesa miré ligeramente hacia atrás; no por mucho tiempo, sólo un vistazo. Y luego miré a mi alrededor. ¿Quiénes de todas estas personas se sentarán en la mesa que acabo de dejar? ¿Cuál es su historia? ¿Por qué están acá? ¿Pasarán un buen rato o quizá se reúnan por una despedida?
Ciertamente yo no la pasé muy bien. Esperé más de lo que podía darme. A fin de cuentas es un lugar. Los lugares no significan nada. Una mesa, una silla, una cerveza. El símbolo es la persona. Con quiénes estás, por qué están juntos, qué son las cosas que se dicen. Y yo recuerdo haberla imaginado conmigo. 
Un encuentro casual. Unas palabras compartidas. Una cerveza de por medio. Una sonrisa que se escapa sin querer de los labios.  Y, entonces, en ese momento lo sabes… no estás sola. O al menos esa clase de soledad que tanto desprecias es ahora compartida. Sentís cómo, de a poco, vas entregándote, mutando de un estado al que llevas tiempo acostumbrado, hacia la luz, el exterior. Te mira con esos ojos en los cuales pensas que podrías morir infinitamente. Y por sobre todas las cosas elegís hablarle a través del silencio porque todo lo que podrías decirle es mejor expresado con gestos. Tu herramienta, la palabra, en este momento es nula. Hablar equivaldría a desfallecer. Entonces callas.
A pesar de todo seguís siendo la única persona con la que valdría la pena arriesgarse. Acá, con vos. Afuera, vacío. Todo lo demás, apático, insulso.
Pero nunca sabré ser ecuánime, ni sabré si mi persona es suficiente.  
Me encantaría poder afirmar que podría hacerte muy feliz pero descubrí, con el tiempo, que la felicidad no es fácil ni tan real como se supone. Lo único que nos queda es la realidad, así en crudo y directo. Esto es lo que tengo, esto es lo que soy: intentos. Podría intentar hacerte feliz. Sí, creo que sería una promesa realista. Pero es que a veces ni yo misma sé ser feliz. Y aunque me sea fácil hacer feliz a otros no sé cuán estable es aquello porque también he descubierto que si uno no está bien consigo mismo el afuera se vuelve de cristal, fácilmente inconsistente e incluso peligroso.  Y lo que menos quisiera yo es arruinarte. Al parecer soy experta en ello.
No me leas, por favor, que probablemente todo lo que he dicho sean excusas para olvidarte, para no tener que arriesgar, para soportar haber perdido antes de empezar; para evitar que vos seas la persona que realmente pueda lastimarme. Porque eso es el amor, bello en su principio, nos hace jodidamente débiles, quedamos indefensos ante aquello que protegeríamos de los peores terrores. Querida, he visto la noche y sé que no te gustaría. Conozco los monstruos que se esconden debajo de la cama. Pero ahora temo que la noche seas vos, con una máscara de lobo, esperándome para atacar y vaciarme hasta el cansancio.


Todo eso no quiero arriesgar, mas lo haré si es necesario para llegar a vos.

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