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La final

     Segunda final, qué ganas de morir. Qué ganas de de estar sin realmente estar.           Disturbios. Gritos. El mundo no es mío, no es de nadie, es de la muerte. Gritame    un gol, grítame un adiós. La puta que lo parió. Pero el insulto no es un consuelo,              muy lejos de acercarse al alivio si no se tiene la mente bien fría; el alma sigue con sed y la canción rasguea Mick Jagger como si el mismo Dios fuese a hacerme sentir mejor.
Hace frío en Buenos Aires, con la caída de la tarde y la bendita tv apagada. Se    respira la mala sangre. Me piden que mate a mis ídolos. Uno por uno. Disparo             bolitas de cartón; el dolor no le llega más que a mi corazón. No sé por qué;              querés seguir esta represión. Y si mañana no llegamos, sacáte (secáte) los ojos y andá a laburar.
    Entre unos mates –qué inmaduro todo este asunto-, me despabilo y los primeros          balbuceos matinales parecen escupir chispas. La vista desde la ventana que da a   un cuarto piso, solo trae depresión. Qué gente más boluda, me digo sorbiendo del       mate, mirando a las hormigas que caminan de un lado para el otro. Shh, vos               cerrá el orto si ayer no metimos el gol. Cierro el pico y de paso me trago esta              decepción. Que cuándo crecer va a significar hacerse más adulto y responsable de esta vida que enojarse con todos los santos o encenderles más velitas; si no podés avanzar ¿Por qué no te tirás de una a la pileta? Sin pensar, sin ganas de pensar. Tanto alboroto por esto que llaman vivir, a mí me sobrevino el desgano. Unos bostezos y dejo el departamento con el mismo gusto amargo de la noche anterior.
        Tengo que ir a trabajar, intento mantenerme positivo pero dentro de mí pienso que el verdadero trabajo es el mantenerme a pie.
Esperar el tren, la larga agonía. Mejor caminar. O mejor morir.
No encuentro forma de desprenderme del papel que llevo adentro. Las circunstancias      me obligan a pensar que podría haberme esforzado al menos en este arte de vivir.
Pero no puedo. Qué depresión.
Y ya me hicieron esta pregunta el miércoles pasado.
-      Si pierde, ¿Sos de los que te largas a llorar?
Me hizo acordar bien patente a la final contra Alemania. Le sonreí asegurándome muy bien de tragarme el orgullo.
-      No, ¿Qué voy a llorar? Es solo un partido.
Sí, eso quisiera hacerme creer.
      Es mejor matar que morir. No, yo no dije eso. Lo escuché en algún lugar y             tampoco estoy de acuerdo. ¿De qué me sirve matar al emisor o al receptor?             Ningún verbo es superior sobre el otro y no es que piense hacer una crítica moral          sobre la vida pero matar es un pecado, en cambio nadie dijo nada sobre               matarse. Si yo me mato, no estoy haciendo daño sobre otro, que por no tener las     agallas y volarme la cabeza, el pobre diablo tendrá la culpa y deberá pagar con la suya.
Y sin ir más lejos y sacar el sentido moral o religioso, siempre será mejor morir que m    atar. Uno fantasea, ¿Viste? Uno muere muchas veces en sus sueños hasta que            finalmente dice adiós y se cierra el telón. Yo alzo el vuelo demasiado pronto;       un tiro por la justicia y otro por mi narcisismo. Entonces me digo: Matar a Narciso. Matar. Matar. Matarlo. Matarme. Matarme. 

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