martes, 5 de mayo de 2015

Ser un escritor es aceptar el rechazo como un modo de vida


Leo por ahí: Ser un escritor es aceptar el rechazo como un modo de vida.
Y sé que quien sea que haya escrito esa frase, tiene razón.
El rechazo surge de una necesidad de romper las normas, lo pre-establecido: surge del arte. El arte no se supone que tiene que lucir bonito, el arte es lo que es porque la persona que crea no se impone limitaciones, no se reprime, no cierra los ojos ante el dolor, ni mira hacia un costado cuando golpean sus palabras.
El arte surge como necesidad de expresión: vomitar lo que uno siente-piensa-vive y plasmarlo sobre algo. En mí caso, una hoja. Es definitivamente como un vómito: acude a ti cuando menos lo esperas, no importa la hora, si es madrugada o tarde, ni el lugar. Allí, en esa boleta de teléfono que debes acordarte de pagar; allí en una esquina cuando te prendes un cigarro; allí cuando te está hablando tu mejor amigo. 
Muchas veces iba caminando o en el colectivo y de pronto, aparecían estas frases confusas, este latir duro del corazón como si me faltara la respiración, esta piel que se arranca del pecho para dejar salir a las palabras. Intentaba memorizarlas para escribirlas cuando tuviera tiempo pero era inútil porque venían una detrás de la otra, entonces cuando creía recordar una, aparecía otra luciéndose exótica y llamativa; tantas frases que se revolvían furiosamente, esperando que mordiera el anzuelo para arrastrarme a su oscuridad. 
Mi rostro perplejo mirando la pequeña habitación llena de palabras volando alrededor mío. Mis manotazos inútiles por intentar coger una.
Estaba como en un trance; sedienta pero estúpida, me dejaba llevar por ellas. Luego me escupían y me devolvían a la realidad. 
Allí estaba de nuevo, en la calle, en el colectivo; en fin, en la intemperie. Como si me hubiese vaciado completamente y ya no tuviera nada que ofrecer al mundo.



¿Qué fue aquello que pensé? Algo parecido a: Los árboles mecen el viento, el viento mece mis pensamientos y estos a su vez, me mecen a mí.
No, no era así la frase. ¿Cómo empezaba? ¿Le viento mece los árboles?
Imposible recordarlo porque luego mi atención se enfocaba en la metamorfosis de la página rasgada con las uñas, por la confusión irrevocable; la concentración dispersa pero ninguna frase que hiciera sentido. Ira. Mucha ira. Mis uñas -mi propia carne-, rasgaron esas páginas en blanco.
El otro día me preguntaron en la radio cuál era mi mejor momento para escribir. Pensé, dije, suspiré: Durante la mañana.
Pero ahora lo vuelvo a pensar. El arte no tiene cita; ni hora o lugar. Se crea cuando surge la inalienable necesidad. La realidad se paraliza a tu alrededor, quedas alienado en la hoja y la lapicera escribiendo rápidamente para no perder el ritmo, para poder seguir lo que tu cabeza te está dictando sin perderte en puntos, comas o párrafos aparte. Se escribe de un tirón.
No es bello el acto en sí: es doloroso. Piénsalo de esta manera: Te están arrancando una parte de ti mismo. Pero en el proceso se encuentra placer.
Y quizá cuando se termine de crear, haya algo bello en la procesión de escupir una idea, un pensamiento, algo tan estúpido y necesario como lo es respirar en sí.

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