viernes, 17 de abril de 2015

Un pequeño universo dentro del gran UNIVERSO

Hay un universo de pequeñas cosas que solo se despiertan cuando tú las nombras.



Porque todas las culpas, mi culpa.
Porque mis ojos se cierran; está el cansancio físico pero le gana el mental.
Que alguien me oiga desde este dolor. Me estoy acercando, estoy cada vez más cerca. Las estrellas se doblan ante mi presencia. Huyen de mí. Podré ser una soñadora pero sé que mis sueños no son suficientes para construir un hogar junto a las estrellas.
Cayendo desde el cielo, intentando aferrarme a las nubes; mis manos las traspasan; soy insuficiente. Soy… No sé lo que soy. En este momento, sólo un alma solitaria que no desea romperse contra el pavimento.
J. me dijo que ya iba a volar, cualquier día de mi vida tendría la oportunidad. Se refería a volar en avión; lo miré penando y reí:
“Si me tiro de la terraza podría volar unos segundos…” El regreso de su mirada era de desconcierto.
“Sí, pero ¿Después qué?”
“Después qué… no sé, no hay después”jálame de la oscuridad, de la nada misma, de este vacío, por favor, ayúdame, no me dejes caer, no me dejes retroceder. No dejes que esta mente inmadura piense acaso en la posibilidad de caer-, eso pensé, eso pensé pero no dije.
No encajo.


Estábamos hablando del proyecto de mi próxima novela y al lado de nuestra mesa, unos adolescentes de 13 años vivían, reían. Los chicos miraban a sus chicas; ellas pestañaban y coqueteaban a través de miradas dudosas.
Y de repente, me detuve. Mi boca quedó abierta pero a las palabras se las llevó el viento. Mis ojos apuntaban hacia la otra mesa; toda mi atención estaba puesta en ellos.
J. me miró y sonrió: Son adolescentes, todos fuimos así una vez. Decíamos boludeces.
“¿Por qué tienen que ser tan malos?” J. volvió a repetirme lo anterior pero yo pensaba en lo mucho que me lastimaron cuando tenía 13 años; lo malos que fueron conmigo. Un daño irreparable porque lamentablemente a esa edad, no se pueden borrar los recuerdos.
Quisiera formatear mi mente… bueno, lo intenté pero no funcionó. Hasta hace dos años, todo lo que podía recordar era a partir de los doce años en adelante. De verdad un enorme bloque me separaba de los años anteriores. ¡Lo había logrado aún sin proponérmelo! Pero luego comencé a recordar. Fue mi elección, fue consciente. Me dije: Quiero recordar. Hice un gran esfuerzo (todavía lo sigo haciendo; hay días como hoy, que quisiera borrar todo, comenzar de nuevo) y entonces la memoria comenzó a ceder, como un elástico; el terreno del campo de recuerdos se extendió y muchas cosas que vi, dolieron. Duelen y no puedo quitar el ardor que trajo la herida. Mi carne roja, expuesta, me enseñó a no guiarme por instintos básicos y destructivos, sino a pelear. ¡Pelear para vivir un nuevo día! Y ese día poder continuar construyendo la vida que quiero tener, la persona que quiero ser.

¿Les cuento algo real? Es jodidamente doloroso. Quiero putear. Quiero gritar. ¡LA CONCHA DE LA LORA, DUELE MUCHOOOOOOOOOOOOO! ¡BASTAAAAAA! Lo hago. Grito. Aúllo. Lloro. ¿Cambia algo? No, porque aún puedo recordar pero al menos lo elijo. No elijo el sufrimiento, no confundan, elijo llorar la herida pero mover la página y seguir adelante.

1 comentario:

Noelia dijo...

Tus sueños son verdaderas estrellas, tú misma eres la luna si decides creen en todo lo que guardas, aunque ni siquiera tu termines de verlo, pero lo sientas