miércoles, 4 de junio de 2014

Alejandra Pizarnik, ensayo

Ayer estuve en la radio "Industria Argentina" Hablando sobre Alejandra Pizarnik, lejos mi poetiza favorita. Les dejo a continuación el ensayo que escribí sobre ella.

Alejandra Pizarnik: Diarios

“Decir que me abandonaste sería muy injusto; pero que me abandonaron, y a veces me abandonaron terriblemente, es cierto”.
Kafka


A través del recorrido por sus diarios que fueron publicados en el 2003, intentaré descubrir una faceta de la poeta, para poder entender mejor sus poemas y su modo de sufrir, que la persiguió durante toda su vida.
Quiero invitar al lector, que a través de estas páginas, haga su propio descubrimiento. Claro que yo la estoy leyendo bajo mi punto de vista y mis circunstancias; cada uno desarrollará una propia versión de estos diarios. Podrán o no gustarles su trabajo pero para mí es imprescindible incluirla en estos esbozos de pensamientos puesto que Pizarnik fue una gran influencia para mí, y lo será siempre.
Nunca morirá mientras la reviva, ya sea pensando en algún verso que me marcó o deleitándome con el simple placer de embriaguez y excitación que me produce pronunciar su nombre.
Creo que primero, debería comenzar relatando un poco de su vida, cómo se desarrolló en los distintos ámbitos tanto personales, sociales, familiares o en la escritura, para entender su obra.
Alejandra Pizarnik nació el veintinueve de abril de 1936, con descendencia ruso-judía, identidad que defenderán sus padres. En un principio, su nombre fue Flora pero ella decidió cambiarlo a Alejandra. El apellido original era “Pozharnik”, modificado al emigrar a la Argentina. Gran parte de la familia paterna y materna, murieron durante el Holocausto. Esta habrá sido la primera aproximación de muerte para la pequeña Alejandra.
Luego de terminar la secundaria, se debate estudiar entre Filosofía en la Facultad de Buenos Aires, y las de la Escuela de Periodismo.
Enrique Molina escribe: “Ya por estas fechas, la fascinación de la infancia perdida se convierte en ella, por una oscura mutación que cambia los signos, en la fascinación de la muerte, igualmente deslumbrada una y otra, igualmente plenas de vértigo”.
En 1954, ingresó en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, pero no terminó sus estudios.
Alejandra tiene dos debilidades físicas que la atormentan: la tartamudez y el asma. Además de una muy baja autoestima, comparándose obsesivamente con su hermana Myriam; esto la conduce a ingerir anfetaminas que le provocan grandes períodos de insomnio que aprovecha para escribir. En 1956, su padre le paga la publicación de su primer libro “La última inocencia”, y además costeará los honorarios de un psicoanalista,  intentando de este modo que Alejandra pueda llevar una vida más saludable.
Alejandra se siente despersonalizada, tanto de la sociedad que le tocó vivir-viviendo como una expatriada- y de su propia persona. Desde sus primeros poemas podemos observar el desdoblamiento de más de una Alejandra, que en cada intento solo busca encontrarse a sí misma, acudiendo a la locura como un concepto de vida y de la percepción de la poesía. Crea, a través de los desvaríos expatriados y la insania, una poesía tristemente hermosa y devastadora, donde expresará el sin-sentido de un alma abandonada en un mundo aún patriarcal y ciegamente desterrado de sí mismo.
Desde 1960 hasta 1964 se mudará a París; Alejandra recordará aquellos años como los mejores de su vida, su propia época dorada.
Entre 1960 y 1961, le escribirá a León Ostrov (quien fue su primer psicoanalista), donde le cuenta:
“[…] He pensado en el análisis. En Buenos Aires lo había descartado de mis proyectos. Pero aquí me asalta y me invada muchas veces la evidencia de mi enfermedad, de mi herida. Una noche fue tan fuerte mi temor a enloquecer, fue tan terrible, que me arrodillé y recé y pedí que no me exiliaran de este mundo que odio, que no me cegaran a lo que no quiero ver, que no me lleven a donde siempre quise ir. Pero para hacerme el psicoanálisis necesito ir a Buenos Aires. Y no sé aún si deseo volver o no. Creo que mis angustias en París provenían del brusco cambio de vida: yo, que soy tan posesiva, me veo aquí sin nada: sin una pieza, sin libros, sin amigos, sin dinero, etc. Mi felicidad más grande es mirar cuadros: lo he descubierto. Sólo con ellos pierdo la conciencia del tiempo y del espacio y entro en un estado casi de éxtasis. 
[…] Mi único ruego constante es que no me abandone la fe en algunos valores espirituales (poesía, pintura). Cuando me deja temporariamente viene la locura, el mundo se vacía y rechina como una pareja de robots copulando”.

Aunque la poetiza nunca se desentendió de la soledad y fue ésta la única sombra que jamás la abandonará, en París se recluye, ensimismada en sus propios escritos, estando sin realmente estar, dejando que la vida hable por sí misma. Se presentan en grandes dosis el miedo, el vacío, la soledad y la imagen de “una infancia más cercana, sin amenazas”, realizándose pura e inocentemente.
26 de mayo de 1962: “El miedo feroz. La sonrisa de alguien que me mira con afecto, alguien que se preocupa por mi miedo. Entonces, sentirme pura, inocente. La infancia más cercana, sin amenazas. Porque alguien se preocupa por tu vacío” (Diarios 1954-1971, Ed. Lumen)
Un tiempo antes, el 19 de febrero, habla que dentro suyo se debate el suicidio, “adentro arrasan con todo y me abren las puertas y me dejan al viendo. Nadie se asombra porque sólo hay sombras. Pero debo escribir, permanecer sana, lúcida y escribir […]”
Escribe diariamente su trayectoria y avances en la escritura, sus complejos, sus miedos de sí misma. Se siente una extraña en su propio cuerpo.
17 de junio de 1962: “Incomodidad con mi cuerpo. Lo terrible de ser bella en ciertas partes y horrible en otras […]. Un cuerpo derecho y delgado pero sin escoliosis. La desviación de mi columna es imperceptible pero yo la siento.
Si hablo tanto de mi cuerpo y si tanto medito en él es porque no hay nada más. Me siento muerta, en el colmo del objeto. Me miro al espejo. ¿Para qué? ¿Para quién? Tengo miedo y estoy muerta”.
Su poesía progresa, a pesar de que dice que ella quisiera poder escribir una novela que lo considera “un verdadero acto de creación”. La poesía no la escribe ella, la escribe su cuerpo, la muerte irremediable de éste que vuelve a renacer en cada verso.
Aparecen nuevos libros suyos pero la muerte vuelve a infiltrarse entre su trabajo y ella, aunque no creo que realmente exista dicha separación en lo que concierne a Alejandra y lo que escribe: son las dos caras de una misma moneda.
El 26 de agosto de 1965, escribe: “Leí mi libro (refiriéndose a “Los trabajos y las noches”, 1965). La muerte es demasiado real, si así puedo decir; no el problema de la muerte sino la muerte como presencia. Cada poema ha sido escrito desde una total abolición (o mejor dicho: desaparición) del mundo con sus ríos, con sus calles, con sus gentes. Esto no significa que los poemas sean buenos” (Págs. 404-405).
Sin embargo, a pesar del profundo dolor y el silencio interno que se auto impone, jamás dejó de tener una vida social. Alejandra era exquisitamente buena hablando, muchos la describen como un deleite para el buen oído entrenado, placiéndose de su habilidad con el lenguaje.
Pero aquella infancia cercana e inocua, comienza a diluirse con la presencia de la adultez, a quien parece rehuir porque cree que aún no ha aprendido nada a sus treinta años. Expresa terror por estar bien, como si pensara que no lo mereciera: “Terror de ser castigada por cada minuto que no me acongojo” (15/4/1966).
¿Por qué aparece este terror? Quizá porque nunca conoció otra forma de vivir que no sea sufriendo.
27/4/1966: “Muerte inacabable, olvido del lenguaje y pérdida de las imágenes. Cómo me gustaría estar lejos de la locura y la muerte […]. Apagaron la luz en mí –no del todo puesto que sufro-. La muerte de mi padre hizo mal mi muerte […]. Me asfixio yo sola”.
Comienza una nueva etapa en su vida, donde debe aceptar que ya es adulta, y apenada por la muerte de su padre el 18 de enero. Sensación de soledad aguda, muerte que amenaza con salir de las páginas y acabar con ella, la inocencia interrumpida que creía poder hacer ir y venir, el comienzo de la imposibilidad de relacionarse con otras personas; intenta creerse “sola y única en el mundo”, pero sin el peso del sufrir. Fracasa en el intento.
30/4/1966: “Heme aquí llegada a los treinta años y nada sé aún de la existencia. Lo infantil tiende a morir pero no por ello entro en la adultez definitiva. Pero aceptar ser una mujer de treinta años… Me miro en el espejo y parezco una adolescente. Muchas penas me serían ahorradas si aceptara la verdad”.
Continúa creciendo, difícilmente aceptando esta adultez que le cuesta aceptar y parece haber aparecido de la nada, como si aún fuera una niña a la que le arrebatan la elección de la infancia; a sí mismo no acepta la creación de su poesía; se anula frente a las palabras, frente al nacimiento de un deseo irreprimible que da a luz. Es la madre de la poesía que adorna su vida, como una corona funeraria.
Va preparándose para el acto, que hasta ahora solo ha sido un ensayo entre palabras y promesas perdidas (Moriré, moriré), el retraso de lo irremediable.
Comienza a exigirse que no alcanza con lo que escribe –con una insatisfacción y expectativas tan altas, nada nunca será suficiente-. Se repite que debe ejercer un trabajo de seis a siete horas diarias.
Al mismo tiempo, siente que vivir a los treinta años con su madre, le bloquea la creación de la escritura.
Al respecto de ella, dice: “¿Quiero a mi madre? No sé, antes de la muerte de mi padre la quería o me fascinaba de algún modo. Creo que no quiero a nadie pues estoy enferma (enferma porque nadie me quiso ni me quiere)” (Pag.415)
No logra aceptar el amor que otros pueden brindarle, lo considera algo inconcebible. Como si el hecho de llegar a ser amada fuera descabellado: amarla entera, con sus locuras y caderas con curvas, con sus miedos y rechazos al crecimiento, con su asombrosa capacidad para describir en el momento justo, exactamente qué y cómo se siente. Aceptando que era una gran poetisa aunque ella se degradara.
En 1971, se publicó “La condesa sangrienta” y Alejandra no puede “creer” que hasta Mujica Láinez lo haga elogiado.
Teme que aquellos “contenidos imaginarios tan fragmentados y divorciados de lo real, den a luz nada más que a monstruos”. (24/5/1966)
Piensa que al escribir estos diarios, agota gran energía que debería emplear en la creación y formación de su escritura.
Leo estas palabras que escribió y siento una gran impotencia; quisiera haber estado en ese mismo momento para zarandearla y hacerla entrar en razón sobre lo increíble que escribe y cuánto vale su persona. ¡Si hubiera estado allí para salvarla del infierno propio de ser Alejandra Pizarnik!
¡Pero de eso mismo se trata! Sin todos sus demonios internos, sin dejar el alma y sufrir al escribir y vivir, hoy en día no sería la persona que haya escrito semejantes obras.
Salvándola, en el supuesto caso, hubiese estado anulando su ser. ¿Influye en alguna diferencia que se haya suicidado en el recorrido de su obra? Fue la misma muerte, el nacimiento de ella, quien fue moldeando su escritura. ¿Salvándola por solo algunos años más, la hubiese hecho más feliz y mejor escritora? ¿Esta prolongación de vida hubiera continuado con la misma línea de creación poética hasta que el Destino determinara su hora? No lo sé, solo creo en todo lo que logró y cómo se abrió camino en la literatura, llevando sobre sus hombros el peso  de su propia muerte, y afirmo que fue lo suficientemente valiente para sobrevivir treinta y cuatro años de vida. Cuando se padece un trastorno mental, vivir no resulta tarea fácil y la locura es un diálogo cotidiano con vos mismo. El silencio sepulcral habla a través de aquellos tristes y hermosos versos.
La tristeza y la locura tienen un fin en sí mismos.
Alejandra comienza a emplear poemas en prosa, un terreno al principio desconocido e inseguro pero que siente la necesidad de crearlo.
Y ya la prisa (¿Por qué) se figura en sus escritos.
El 8/6/1966, escribe: “¿Cuándo comenzó la prisa? Rápido, haz memoria: ¿Cuándo comenzó esta urgencia por llegar cuanto antes a ninguna parte o por no faltar a una cita con nadie?” (Pág. 419).
La presencia de su madre cree que le opaca la seriedad de su trabajo; siente desesperación, “un desastre total” porque sus poemas en prosa no corresponden a la autoexigencia que se impone. Siente que pronto se acercará el final… los autores que lee (Como Rimbaud y John Donne) la confunden; intenta analizarlos: quitarles sus estructuras para volverlos a armar con sus propias palabras e interpretaciones. Nuevamente, el sentimiento de fracaso.
Sábado 30 de julio de 1966: “[…] No obstante, no acepto como finalizado a un poema en prosa hasta que no haya pasado por la prueba de fuego de mi duro, lánguido y terrible “método” inventado por mí misma para martirizarme. ¿Para qué diablos la perfección? Si el precio es matar mi voz, mi urgencia, mi premura, si es sólo plasmar y demorar hasta que cada frase es una lápida” (Pág. 421).
Ya en 1967, comienza a expresar su descontento con su psicoanalista “P.R.”. Aunque afirma que lo quiere, sabe que él no puede curarla ni salvarla del abismo.
En lo que escribió el 14/5, hay muchas ideas interesantes para analizar. La lista de quejas es casi infinita: No siente mejoría alguna, sino que ha empeorado “en el sentido de que se alteró la angustia”, dice que al doctor no le importa sus posibilidades literarias y que en lugar de alentarla, la hunde en la decepción de sus creaciones; que éste alguna vez expuso su repulsión por la homosexualidad (“¿Sabe curarla? ¿Y por qué no hace algo? Porque no puede aunque quisiera”. Pág. 425).
P.R. siente frustraciones en su vida en las que, de algún modo, Alejandra se hace cargo, sumándolas a las suyas; piensa que el doctor evita su próximo libro, y con pasión desenfrenada, le responde en sus diarios: “Debo defenderme con todas mis fuerzas (ínfimas, casi inexistentes) de este gran NO. Y voy a escribir día y noche. Contra él y contra el mundo y todo lo que me es hostil y espera o exige mi suicidio”. (Pág. 426).
Época de desesperanza profunda; caída irremediable, aferrándose a la única amiga argentina que adora y confía, Silvina Ocampo. “S. estará en mis funerales”, escribe. ¿Pero por qué en plural? ¿Cuántos funerales se necesitan para velar una muerte? O mejor dicho, ¿A cuántas muertes se referirá Alejandra, que acometerá?
Hace relativamente poco, salió una carta que le escribe Alejandra a Silvina, donde se especula que entre ambas existía “un amor oculto”.
Dicha carta es ésta:

CARTA DE ALEJANDRA PIZARNIK A SILVINA OCAMPO:  

31/1/1972 – Buenos Aires.
Ma très chère,Tristísimo día en que te telefoneé para no escuchar sino voces espúreas, indignas, originarias de criaturas que los hacedores de golems hacían frente a los espejos .Pero vos, mi amor, no me desmemories. Vos sabés cuánto y sobre todo sufro. Acaso las dos sepamos que te estoy buscando. Sea como fuere, aquí hay un bosque musical para dos niñas fieles: S. y A. Escribime, la muy querida. Necesito de la bella certidumbre de tu estar aquí, ici-bas pourtant [aquí abajo, sin embargo]. Yo traduzco sin ganas, mi asma es impresionante (para festejarme descubrí que a Martha le molesta el ruido de mi respiración de enferma) ¿Por qué, Silvina adorada, cualquier mierda respira bien y yo me quedo encerrada y soy Fedra y soy Ana Frank? El sábado, en Bécquar, corrí en moto y choqué. Me duele todo (no me dolería si me tocaras –y esto no es una frase zalamera). Como no quise alarmar a los de la casa, nada dije. Me eché al sol. Me desmayé pero por suerte nadie lo supo. Me gusta contarte estas gansadas porque sólo vos me las escuchás. ¿Y tu libro? El mío acaba de salir. Formato precioso. Te lo envío a Posadas 1650, quien, por ser amante de Quintana, se lo transmitirá entre ascogencia y escogencia.Te (les) envié aussi un cuaderniyo venezol-ano con un no sé qué de degutante [desagradable] (como dicen Ellos). Pero que te editen en 15 días (…) Mais oui, je suis une chienne dans le bois, je suis avide de jouir (mais jusqu’au péril extrême) [Pero sí, soy una perra en el bosque, ávida de gozar (pero hasta el peligro extremo)]. Oh Sylvette, si estuvieras. Claro es que te besaría una mano y lloraría, pero sos mi paraíso perdido. Vuelto a encontrar y perdido. Al carajo los greco-romanos. Yo adoro tu cara. Y tus piernas y, surtout tus manos que llevan a la casa del recuerdo-sueños, urdida en un más allá del pasado verdadero. Silvine, mi vida (en el sentido literal) le escribí a Adolfito para que nuestra amistad no se duerma. Me atreví a rogarle que te bese (poco: 5 o 6 veces) de mi parte y creo que se dio cuenta de que te amo SIN FONDO. A él lo amo pero es distinto, vos sabés ¿no? Además lo admiro y es tan dulce y aristocrático y simple. Pero no es vos, mon cher amour. Te dejo: me muero de fiebre y tengo frío. Quisiera que estuvieras desnuda, a mi lado, leyendo tus poemas en voz viva. Sylvette mon amour, pronto te escribiré. Sylv., yo sé lo que es esta carta. Pero te tengo confianza mística. Además la muerte tan cercana a mí (tan lozana!) me oprime. (…) Sylvette, no es una calentura, es un re-conocimiento infinito de que sos maravillosa, genial y adorable. Haceme un lugarcito en vos, no te molestaré. Pero te quiero, oh no imaginás cómo me estremezco al recordar tus manos que jamás volveré a tocar si no te complace puesto que ya lo ves lo sexual es un “tercero” por añadidura. En fin, no sigo. Les mando los 2 librejos de poemúnculos meos –cosa seria. Te beso como yo sé i a la rusa (con variantes francesas y de Córcega).O no te beso sino que te saludo, según tus gustos, como quieras .Me someto. Siempre dije no para un día decir mejor sí. Ojo: esta carta tu peut t’en foutgre et me répondre à propos des [podés meterte esta carta en el culo y contestarme acerca de] hormigas culonas. Sylvette, tu es la seule, l’unique. Mais ça il faut le dire: Jamais tu ne rencontreras quelqu’un comme moi –Et tu le sais (tout) (Et maintenant je pleure. [Sylvette, sos la sola, sos la única. Pero es necesario decirlo: nunca encontrarás a nadie como yo. Y eso lo sabés (todo). Y ahora estoy llorando]
Silvina, cúrame, ayudame, no es posible ser tamaña supliciada.
Silvina, cúrame, no hagas que tenga que morir ya.

Nunca sabremos supongo qué sucedió en realidad entre estas dos grandes amigas, quedará en la incertidumbre y en la interpretación de cada uno.
En 1967, Alejandra, como expresa en sus diarios, se hace más consciente de su condición de judía, de los antepasados que la marcaron.
25/9/1967: “Soy judía y no dejo de estar contenta –contenta a muerte y con muerte-. Es un destino peculiar. Pero en mi caso hay una desmesura intolerable: poeta más judía más vocación de víctima más infancia infernal […] (Pág. 433)
Se dice a sí misma que es judía, no argentina. Con esto, intenta desentenderse de un “país de mierda”, como ella mismo lo llama.
De este modo, tendrá una excusa para sentirse excluida, que no pertenece a ningún rincón de este país, la dificultad de sociabilización que se le va presentando.
En las últimas páginas, se va traspasando a una atmósfera de decadencia de la que no quiere ni puede volver atrás. “Ayúdame a no pedir ayuda” Con esta simple pero intensa frase, se abraza a la derrota: El Infierno ha ganado y solo le quedará cometer el acto que la conducirá al fin de todo su temprano dolor, al rechazo consigo misma y hacia los demás, con el sentirse extranjera en su propio cuerpo, con las exigencias de cómo y cuánto debería escribir.
Su ambición y prisa por acabar todo de una vez, huir, ser presa del encierro y la soledad, correr al encuentro con el único que la acogió y le fue fiel: el pensamiento y la proyección de la muerte.
A estas alturas, Pizarnik no sentía que tenía muchas chances de elegir, parecía que todo el trayecto de sus obras, la habían dirigido a este final trágico.
Sin embargo, cuando la leo, en estas últimas entradas del diario, no siento la tragedia y la desesperación en sus palabras por tener que morir. La pequeña ya no está más asustada, las sombras preparan el lecho del eterno descanso.
Logra separarse de su madre y se muda sola, donde dice sentirse en paz para poder escribir. Escribe con y contra la muerte; luego cree que debe desecharlos.
8/10/1968: “Ignoro mi destino literario actual pero creo que se trata de voces solitarias o en diálogos. Por lo pronto, estoy destruyendo casi todos mis escritos y casi siempre de una página queda un renglón” (Pág. 461).
¿Qué habrá quedado rescatado en aquel renglón? ¿Qué puede decir sobre su dueña, que haya necesitado borrar la existencia de su vida en sus escritos?
Últimas palabras, en sus diarios. El triste final de una estrella, que no supo cómo iluminar su propio mundo entero.
9/10/1971
“Las palabras son más terribles de lo que sospechaba. Mi necesidad de ternura es una larga caravana.
En cuanto al escribir, sé que escribo bien y eso es todo. Pero no me sirve para que me quieran” (Pág. 502)
De nuevo, el tema de ser amada. No le basta apreciar su escritura; acepta, como a regañadientes, que escribe bien pero… ¿Y el amor? ¿Dónde está? Me pregunto, más claramente, dónde se halla el amor propio. Quizá para ser amada primero debamos empezar por amarnos a nosotros mismos.
Noviembre de 1971:
“Escribir es darle sentido al sufrimiento.
He sufrido tanto que ya me expulsaron del otro mundo.
Escribir es querer darle algún sentido a nuestro sufrimiento”. (Pág.503)
El 25 de septiembre de 1972, a sus treinta y cuatro años, luego de varios intentos de suicidio, tomó cincuenta pastillas de Seconal y sus ojos se cierran para contemplar la oscuridad, por última vez. Adiós, mi querida Alejandra, descansa en los brazos de la gloria que tanto te mereces. Es hora de conocer un Cielo para tu sufrimiento donde éste carezca de significado, y puedas reposar. ¿Volverás a encantarnos con tus palabras desde donde sea que estés? No lo sé, pero aún vives en cada partícula de mi ser.
Por fin, “tu soledad tiene alas”*.
Entiendo en extremo cuando dice que “escribir es querer darle algún significado a nuestro sufrimiento”, porque paradójicamente, comencé escribiendo este ensayo por el dolor que me superaba y necesitaba transformarlo en palabras, para que éstas me dieran un sentido de vida: Escribir contra la muerte, resistirse, activamente, para no dejarse engañar por aquella aniquilación de todo: tanto lo bueno como lo malo.
Pizarnik comprendió muy bien esta aniquilación total pero quizá lo que le faltó fue poder hacer hincapié en sus cosas extraordinarias, opacadas por el sufrimiento.
¿Me seguirás amando, aún en la locura y en la incoherencia de estas frases deshechas? Pues yo sí te sigo amando.

* La carencia: “Yo no sé de pájaros,
No conozco la historia del fuego.
Pero creo que mi soledad debería tener alas”. (Las aventuras perdidas, 1958)

Bibliografía


. Centro Virtual Cervantes – Alejandra Pizarnik, obra literaria.
. Diarios, a cargo de Ana Becciu, Ed.Lumen, 2003, Ana Becciu, por el prólogo, la edición y las notas.
. Alejandra Pizarnik: Poesía completa, a cargo de Ana Becciu. Ed. Lumen, séptima edición en la Argentina: septiembre del 2008.
. Carta a Silvina Ocampo: “Correspondencia Pizarnik de Ivvonne Bordelois”, Ed. Seix Barral 1998.

. Cartas de Alejandra Pizarnik a León Ostrov, una edición de Andrea Ostrov, Ed. Eduvim, Edición 2012. 

LOS DERECHOS ESTÁN RESERVADOS. SI VAN UTILIZAR ESTE MATERIAL, DEBERÁN NOMBRARME. ATTE. LUCÍA FRANCHI.

1 comentario:

J.M.R dijo...

Muy bueno, llegué aca de casualidad. No sabía nada de Pizarnik