miércoles, 19 de marzo de 2014

Los libros que se olvidan



Me pregunto por qué los buenos libros, aquellos que te hacen reflexionar, terminan olvidados, en desuso, como si nunca hubiesen sido creados y mimados en cada palabra latente que forma la trama de la historia... Un día entrás a esa librería de aspecto desaliñado, casi en ruinas, con millones de libros usados, apilados unos junto a otros. Difícil de distinguirlos de manera particular, pues forman una gran masa: El gran libro. Quisiera cogerlo entero y absorber cada centímetro de sí pero no puedo porque en cuanto me acerco, comienzo a distinguir los títulos que conforman al libro. Uno llama tu atención. No es por el precio barato en exposición, ni su aspecto arrugado a tal punto que se deformó y no se reconoce si es un libro o pedazos de papales unidos. 
No importa. Lo tomás con tus dos manos y ya podés sentir su poder. Un título, acompañado de una ciudad en ruina, llama tu atención y te olvidás dónde estás y cómo llegaste allí, casi por inercia, para escapar de las tóxicas avenidas y las tumultosas multitudes.
Ahora estás completamente sola, con aquel libro que rellena tu soledad y el nombre... ¡Oh, el nombre! Evoca tu revolución interna. "El país de las últimas cosas". ¿Qué son esas cosas, con exactitud? ¿Acaso simbolizarán las olvidadas, tal como este libro?
No lleva contratapa, de modo que todo queda libre a tu imaginación.
Cerrás los ojos y re-escribís aquel libro, con tu propia historia. Cada palabra es como un lazo unido al vientre del libro, aquel que indudablemente te lleva al autor -sea conocido o no-; y la autora sos vos. Es tu libro, te pertenece y podés sentir sus mismos latidos en tu corazón. Podés ver tu nombre impreso en la tapa azulada, con tintes blancos. ¿Es la tapa definitiva? Te preguntás frunciendo el ceño.
¿Cuántas versiones existirán? ¿Cuántos lectores se convirtieron en su autor? No importa nada de eso, porque allí estás, con el libro en la mano, rebozando de júbilo por el insólito descubrimiento.
Estaba olvidado, sepultado en esa montaña incognoscible, casi indistinguible. Y vos lo rescataste del olvido. Mientras esté con vos, jamás podrá volver a morir.
Sentís aquella relación entre el autor y el lector, porque es verdad que los libros son escritos para alguien, quien sea que llegue a él.
El vendedor se acerca y te pregunta si lo llevarás. Quisieras responderle: Lo estoy rescatando de este averno del común olvido; pero sólo terminás asintiendo con la cabeza.
Te indigna, debería valer más: Esa es toda la verdad.
Cuarenta pesos, murmurás y el vendedor te mira confundido.
No puedo rebajarlo más, responde encogiéndose de hombros.
Por supuesto que no, le sonreís pagándole y con un último vistazo a la gran montaña del olvido, te marchás.
En el trayecto a casa, recordás esa antigua frase:“Alli donde se queman libros, se termina quemando a  los hombres”.
Heinrich Heine/ 1797

Sos la salvadora del fuego ardiente que quiso consumir a tu tesoro, y quisieras rescatarlos a todos. Sabés que es imposible y te conformás con ese libro.
 

1 comentario:

maragon dijo...

Me alegra que te guste mi post y que me comentes. Tu entrada me encanta: es tan real, tan propia y tan común...

Saludos ;)