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Las voces que aún permanecen en la memoria

Artículo Clarín sobre la AMIA, miércoles 18 de julio de 2012:
“Los muertos vuelven a morir cada vez que una sociedad olvida”.

Las voces que aún permanecen en la memoria

El hombre de cincuenta años, de baja estatura pero escuálido, entró a la sala del hospital donde su padre acababa de fallecer. Lo miró durante un largo rato mientras el médico le explicaba que ya no había nada que hacer. Pero el hombre, no le presta atención, realmente. Estaba concentrado en  la expresión de la cara del difunto, ruda, sus músculos no estaba relajados.
            El médico pareció percibir lo que estaba pensando y se atrevió a decir unas palabras, que bien sabía, no eran de su incumbencia.
            - ¿Sabés? Estaba bastante tranquilo, con aquella misma mirada fija en la ventana. Parecía como si no le preocupara el hecho de que iba a morir.
            Morris lo miró por primera vez y asintió, y se tomó su tiempo para hablar
            - ¿Le puedo hacer una pregunta?
            - Pues claro
            - ¿Acaso él… dijo algo antes de…?
            - No, nunca hablaba. Acompáñeme que le entregaré sus pertenencias, lo poco que tenía.
            Morris le echó una última mirada a su padre, sin poder largarse a llorar. Se planteó, más adelante, si seriamente le afectaba su muerte. No lograba sacar nada de la confusión y desagrado que le produjo verlo.
            - Aquí tenés, está todo en esta caja –Morris la rodeó con las manos preguntándose si quería tener un recuerdo de él.- Ustedes… no eran muy unidos, ¿Verdad?
            Morris miró al médico fulminándolo con la mirada, y al tomar la caja se alejó.
            No ansiaba regresar a su casa, aunque sabía que su mujer lo estaba esperando, ansiosa por darle un consuelo.
            ¿Eso es todo? ¿Un consuelo y a seguir adelante? Su padre no se merecía aquello. El punto era que nunca había podido hablarle con claridad, a Alice, respecto a su padre. Ella pensaba que no lo compadecía, que era cruel al no visitarlo al hospital. ¿Qué de todas esas veces que le reclamó que le diera una llamada a su viejo, y él se negaba, ocultándose en su escritorio? ¿Cómo explicarle el odio desmesurado ante semejante persona? ¿Por dónde empezar?
            Luego de un paso rápido por unos tragos, regresó a casa. Alice estaba a unos metros de la puerta, sentada en el sillón, con lágrimas en los ojos.
            - ¿Por qué llorás? –Le preguntó, secamente Morris. Ella se quedó perpleja.
            - ¿Por qué pensás? Por vos, por tu papá, por la horrible noticia. ¿Te parece poco?
            - Preparame un trago, estoy cansado –Ella se acercó para besarlo pero él corrió la cara.
            - Creo que ya tomaste suficiente por hoy.
            - Vos no me des órdenes –gritó enfurecido.
            -Morris, tenés que empezar a hablar, de otra manera, nadie podrá ayudarte.
            - Vos… vos no sabés nada.
            - Pero te conozco y sé que estás sufriendo por algo mucho más grande, me atrevería a decir, que tu padre –Morris dejó escapar unas lágrimas y se sentó en el sillón, acompañado por su esposa.
            -  ¿Te acordás cuando nos conocimos en la Universidad de Berlín, y me dijiste que no querías hablar de tu pasado? ¿Qué es aquello horrible que aún sigue desvelándote por las noches? Morris, escucho tus gritos y me desespera no saber qué hacer –Pausa. Ninguno de los dos, se miró, hasta que ambos bajaron la cabeza hacia la caja, apoyada a un costado de un sillón.
            - Esto es todo lo que me queda de él y no sé si lo quiero. Debe ser basura. Me voy a acostar.
            Sin despedirse con sus rutinarios besos cálidos, fue directo a la cama, pero Alice se quedó allí, con la conciencia mordiéndole los labios. ¿Encontraría una respuesta en esa caja, el pasado oscuro de un hombre y el de un hijo herido? ¿Podrían caber años de silencio en una simple caja?
            Tomó valor y la abrió. Sólo había papeles, documentos con direcciones impresas de otros países, datos que no la llevaban a ningún lado. Aún así, los leyó uno por uno, prestándole dedicada atención.
            Eran alrededor de las tres de la mañana cuando Morris apareció por detrás, haciéndola pegar un buen susto. Los ojos del hombre pasaron rápidamente hacia los papeles.
            - Dios mío –Soltó sorprendido. Se agachó, y comenzó a ojearlos.
            - No entiendo, ¿Qué son? –Pero él no respondía, estaba fuera de sí, no cabía palabra alguna para explicarse.- Morris, por favor. ¿Qué son esos nombres y las direcciones? Algunas no son ni de Alemania –Tomó un papel.- Como éste, que tiene sello de Polonia.
            - ¿Sabés? Yo solo quería saber quiénes eran… todos ellos. Años buscando una respuesta           
            - ¿Quiénes? ¿Quiénes son ellos?
            - Los hundidos… los perdidos… los que dejamos atrás.
            - ¿De qué estás hablando? –Morris se levantó de repente, y miró hacia la ventana, creyendo ver el rostro enmudecido y duro, de su padre.- Morris… -Alice lo sujetó fuerte por miedo a que se cayera.
            - Te he mentido tanto. ¡Oh Dios Santo! Lo siento ¿Podés perdonarme?
            - Solo decime qué sucede
            - Yo era muy pequeño y no entendía nada, mi padre viajaba mucho y a mí me habían enviado a un internado para corregir mis modales, estaba aislado como en una burbuja. Pero las noticias horripilantes de la guerra se filtraban. Entre nosotros, nos pasábamos los diarios con los ojos abiertos como dos platos grandes. No sabía bien qué estaba pasando pero entendía, a mi temprana edad, que era algo muy malo. De pronto, amigos míos del internado desaparecieron sin dejar rastros. Los profesores se rehusaban a darnos alguna información, solo nos repetían: Sean conscientes, valientes muchachos, que están siendo parte de un suceso muy importante en la historia. Estén orgullosos de sus padres patriotas.
            La relación en casa iba empeorando, mi padre empezó a beber mucho, se lo veía muy tenso, y un día lo descubrí, de regreso de uno de sus viajes con un traje oficial. Le pregunté qué era, ingenuo mi niño interior. Pero papá me dio la misma respuesta: Estoy ayudando a mejorar el país, algún día me lo agradecerás.
            Yo continuaba sin entender. Cuando la guerra llegó a su fin, tuvimos que mudarnos de improviso, nuevamente sin explicaciones. El barrio era bonito pero andaba mal, por la forma que me miraban a mí o a mi padre, incluso a mi pobre madre, cuando caminábamos. Papá mantenía esta imagen orgullosa de quién era. Me decía que no los escuchara, solo decían mentiras.
            Antes de comenzar la Universidad, me decidí a averiguar la verdad. Esperé a que papá se fuera a su nuevo trabajo en la fábrica, y hurgué entre sus pertenencias. Había millones de cartas, para mi madre, mis hermanas y para otros oficiales pero ninguna para mí. Comencé a leer, a devorar sus contenidos y allí fue cuando descubrí que mi padre, a quien tanto admiraba, era un horrible monstruo que había sido parte de la muerte de millones de judíos, y en ninguna carta, ni en una sola, se arrepentía de lo hecho. Escribía orgullosamente de sus victorias.
            Mi padre, me sorprendió por detrás, mirándome duramente.
            Yo, a esas alturas estaba llorando, pensando en todas esas personas, algunas quienes habían sido mis amigos, y solo alcancé a decir:
            - ¿Quiénes son? ¿Por qué ellos?
            - Algún día entenderás, sos muy joven y estúpido, todavía
             Me respondió. Nunca pude perdonarlo, nunca pude perdonarme el haber sido tan estúpido.
            Calló, no se había dado cuenta de que estaba llorando; Alice le limpió las lágrimas. Luego, volvió a hablar.
            - Todos estos nombres… sus rostros, que hoy en día solo son polvo y olvido. ¿Por qué esperó su muerte para dármelos? Todos fueron inocentes, en cambio nosotros, fuimos culpables de silenciar la historia.

            Alice lo ayudó a sentarse, en medio de todos los papeles, y comprendió a quién estaba consolando ahora. No a la muerte de un padre, sino a millones de voces silenciadas.       


CUENTO GANADOR DEL CONCURSO LITERARIO DEL CENTRO ANA FRANK ARGENTINA     

Comentarios

  1. Y que otra cosa se puede decir, que no sea lo grandioso de la historia y la veracidad que guardan sus palabras...

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