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Leer me hace pensar


 
Creo que he: Vivido, leído, visto, sentido, demasiadas cosas como para autoproclamarme una "ignorante".
He exprimido mi cerebro hasto los sesos quitándome dudas y creándome nuevas.
Y a veces el conocimiento solo trae más dudas, más inquietudes, más desiluciones. Todos tenemos un momento donde se nos ilumina la mente, donde decimos: ¡Es esto lo que estaba pensando/sintiendo!
Pero ¿Cuántos seguimos el instinto de perseguir esa idea? Una chispa que solo alimentándola podría convertirse en fuego.
He reconocido en mí misma la desilución cuando bajo la cabeza e intento distraerme con pensamientos insípidos, que sé a pura conciencia que no me llevarán a nada, solo me alejarán del objetivo.
He sentido la posterior frustración por considerarme "débil".
El verdugo de la conciencia acecha; pero afortunadamente, la mente no es tan estúpida como para dejar ir a aquellas chispas. De algún modo, a través de libros, pinturas, amigos, tareas, trabajos, nos conduce a ellas y los ojos vuelven a arder con una sed que viene acumulándose de hace tiempo.
Es nuestra segunda oportunidad: sabemos cómo evitarla y cómo tomarla. Ambos senderos. Ambas manos. Y los años no vienen solos, tenemos deberes que hacer, obligaciones y muchos oficialmente deben ganarse el pan para vivir. La vida no es gratuita y jovial; muchos tienen que asegurarse un hueco en el sistema. Entonces, yo, una chica ni rica ni pobre, una más entre el montón, piensa.
¿Qué si no quiero ser parte del sistema? Conozco de marginación, de pobreza a pesar de no haber vivido en ella. Bueno, todos fuimos discriminados al menos una vez en nuestras vidas. No importa en qué posición social nos encontremos. La gente encuentra manera de torturarnos; pero se supone que al crecer y volverse maduro y adulto, eso se deja atrás, ¿Verdad? Y se empieza de nuevo, solo que la carrera es más violenta y feroz. Jugamos con armas de verdad; jugamos por nuestras vidas y las de nuestra familia. Entonces no resulta fácil imaginarse un futuro de cambio por para ello implica renunciar a nuestras vidas y unirse junto a los demás marginados, con la esperanza de que todas aquellas chispas formen un fogón y marquen un cambio en el sistema. A veces ni se aspira a eso, a veces basta con encontrar un compañero en el camino para no estar solo.
Y estas son solo palabras. ¿Quién las lee? ¿Quién las rechaza? ¿Quién las asimila? ¿Quién las juzga? No lo sé; pero implican algo para mí. Implican un deber, casi una obligación, a formalizarme dentro de los marginados y hacer algo, por mínimo que sea, para transformar un sueño en un acto.
No quiero ser marioneta de un poder mayor al cual nunca tendré acceso; no quiero que me cambien. Y cuanto mayor seas, las llamas se desgastan y quedan en lo más oscuro de nuestras memorias porque recordarlas duele. Sí, duele. Yo recién comienzo mi vida de adulta, mi llama aún late. Todavía no es tarde. Es por eso que dicen que los jóvenes somos el futuro y los únicos que podemos cambiarlo. Bueno, difiero en algo; los viejos de la sociedad tienen que darnos sus experiencias, aquello que solo ellos saben y nosotros aún no hemos vivido para no recaer en las mismas trampas. Porque, al final, los siglos siguen pasando pero el ser humano sigue ocupándose en un único deseo: El poder. ¿Cuán lejos podrás llegar por él? ¿Qué arriesgarías? ¿Qué matarías?

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