domingo, 4 de marzo de 2012

Contigo, sin mí



Cruzando el extraño puente donde te vi, clavé la mirada
en tus ojos y luego seguí avanzando. No podía detenerme en este punto, o podría
caer, y jamás levantarme.
Sentí miedo de perderte, pero siquiera perderme a mí
mismo me aterrorizaba aún más. Entonces, decliné. Flaqueé el franco; perdí la
apuesta; te negué; me cerré; acuchillé al sentimiento. Y me perdí de todas
formas, absuelto en una nebulosa aún más dolorosa que tu amor no correspondido.
¿Dónde estabas?, ¿Por qué huiste? Tomé tu mano, fría,
pálida, y me dejé caer. Creí haberte sujetado fuerte. Sí, caeríamos juntos.
Juntos, de a uno. Pero en el pavimento, estrellado contra la soledad, sólo
estaba yo. Estiré la mano a medida que te susurraba, ibas perdiendo nitidez. Tu
suave rostro pasó del oscuro a la nada. Y la nada misma, me devolvió una imagen
de quién fui que todavía trato de derrocar.
Los huesos, abandonados a tus palabras, se fueron
rompiendo; mas no importó. No era tal semejante dolor como aceptar tu ida.
Entonces huí, también. No sé cómo, logré levantarme
aunque una parte mía se quedó allí, infinitamente unida al suelo.
Mis piernas delgadas se entregaron a una carrera contra
el tiempo. No fue a ti a quién busqué, fue a mi dignidad. Tampoco la hallé;
había huido con vos.

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