jueves, 1 de diciembre de 2011

Escribo para saber de mí, para que la muerte no pueda llegarme

Enterarse de cualquier pérdida, por más mínima que sea y sin importar cuánto conocías a esa persona, siempre trae tristeza.
Más cuando te remonta al tiempo difícil que vivieron.
Más porque sabés cuánto se merecía vivir y salir adelante.
Y, mucho más aún, porque lo viviste.

Ayer se murió un conocido, me enteré recién hoy. Nos conocimos en un lugar particular y de una manera particular pero lo que compartimos por ese período fue muy intenso. Es una etapa que ya quisiera olvidar -casi como borrar-, dolorosa.
Pensar que ya no está más, que no pudo llegar a vivir la vida en lugar de sufrirla, pensar que iba a ser padre. Me rompe el corazón. Lo hace añicos.
Antes, la muerte para mí no significaba nada, era como cuestión de creencias: no creía en ella. En lo que sí creía es que yo era inmortal y nunca me iba a morir.
Sucede que cuando se jala tanto de la cuerda, jugando a ser Dios, se rompe. Y lo que llevabas cargando, ya sea dolor o alegría, familia, títulos universitarios y mucha vida por delante, muere también.
Con esto no quiero decir que el recuerdo muere, no. El recuerdo sobrevive a cualquier tragedia. Es inmortal. La muerte no puede tocarlo. Pero lo que el dolor puede hacer con el recuerdo es impensable; lo erosiona, lo tergiversa hasta reducirlo a nada, un simple recuerdo. Todo para no sufrir. Para que el vivir no sea tan difícil.
Entonces, ¿Qué nos queda con el paso del tiempo?, ¿Recuerdos de los cuales dudamos y no sabemos si aquéllo que pasó fue 100% verdadero?
Para eso escribo, para que el dolor y la memoria no puedan jugarme una mala pasada. Escribo contra el dolor, contra la pérdida. Escribo sobre la tragedia y sobre la felicidad. Por eso mis cuadernos me ayudan a recordar quién fui y por todo lo que pasé.
Para que la vida misma no pueda erosionarme.
Y hoy, precisamente escribo para recordarlo a él y para recordar que la vida, con todos sus matices, debe y es una obligación, ser vivida bajo el mandato del bienestar y no la auto-destrución.
Y para hacerme un pequeño recordatorio (y a todos aquéllos que lo necesiten):
La muerte es parte de la vida, por lo tanto es real. Es lejana pero a la vez, cercana. Nunca sabés cuándo te va a tocar. Pero en el mientras tanto, no se la debe esperar con miedo ni deseándola. Se debe vivir, para poder estar satisfecho con uno mismo y con el mundo que nos rodea. No podremos hacer la felicidad total, pero podemos hacernos a nosotros mismos felices.

4 comentarios:

Forgotten words dijo...

Yo creo que todo el mundo sabe que la muerte esta ahí a la vuelta de la esquina, que es algo natural como la vida misma, pero es inevitable verla lejana y tenerle un poco de respeto, ya que representa la NADA y a la vez el TODO...

Katua dijo...

Está claro que perder a una persona que te importa es una putada, pero en esos momentos solo tienes que dejarte a ti misma un poco de espacio y hacerte sonreir. Porque esa va a ser la felicidad más pura y sincera, y tienes que aprender a dar con ella dentro de ti.

Catastrophic dijo...

Yo creo que a mi me pasa un poco como a ti antes, que no creo del todo en la muerte. Nunca se murió una persona cercana a mi, y claro... Fuerza.

Un beso.

Lola dijo...

Escribo para huirle al silencio, dijo Clarisa Lispector.

Saludos!