sábado, 11 de septiembre de 2010

Mi figura y yo

Respiro nostalgia y me guardo la sencillez. A mí me gusta encontrarle el lado complicado a las cosas simples.
Aquél respingo delgado que separa la cordura del impulso. El miedo a caer. Subirme a la montaña y respirar libertad e indignarme con lo bello porque hace rato que se ha olvidado de mí.
¿Qué me queda, entonces? Un interior reforzado, quizás. Pero, lo siento, el tamaño sí importa; lo palpable y maleable como lo es un cuerpo; efímero como él mismo.
Por momentos puedo olvidarme de mi figura y basar mi mecanismo de autodefensa en otras partes como en la culpa o la ausencia de un padre pero tal vez sea "más de lo mismo". Oscuros laberintos que se adentran en mis retorcidos pensamientos. Sé que nada de esto tiene coherencia (Aguanta, respira, abrázame para luego botarme) pero ¿Qué lo tiene en mi vida?
Mis ojos vidriosos parpadean en la oscuridad e intentan ver una realidad que no figura ser sumisa y me embarco en el duelo de esta conciencia; tendré que abandonar mis más preciados sentimientos si no quiero hundirme.
¿Acaso el cielo se olvidó de despertar y se atrevíó a abandonarme dentro de los brazos del pecado?
"¡Quiéreme!" Gritó mi voz interna. Quiéreme para luego herirme porque la herida sabe dulce, aún más que la venganza.
Y el habla se entorpece, las palabras se encogen y yo me desconecto junto a mi llanto que cesa y cesa. D e s a p a r e c e.

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