martes, 9 de marzo de 2010

Ella le pregunta al niño: ¿Tenés idea de lo que significa morir?
Y Él responde: Mi tortuga se murió. Un día estaba y a la mañana siguiente había desaparecido.

Ojalá aún fuera niña y las cosas no dolieran del mismo modo. Pero uno crece y no puede elegir quedarse en alguna edad, o saltear etapas. Sucede que a veces (como la canción de Ismael) que uno no crece a medida que el tiempo avanza y para cierta cosas no quiere madurar, es decir, hacerse cargo de ellas y no por eso uno pierde años. No, seguís siendo la misma persona con los mismos problemas, excepto que una parte tuya hoy decidió bajarse del mundo. No es que no hay retorno, que uno no puede volver y crecer, y vivir y madurar.
No es que no hay salida, que es para siempre por más que así te digan que será. Nada es para siempre ni el mismo amor... Cuando alguien te jura amor para toda la vida... siempre hay algo que se quiebra, se rompe, te deja, se cierra pero no porque el amor se acabe, sino porque la vida es tan inmensa que ni el amor alcanza.
Cuando uno se va, abandona un lugar, un trabajo, a una persona quizá, no significa que el amor acabó allí, que ya no lo quiere más o quizá sí. Quizá quería dejar todo atrás y por eso huyó.
Pero huír no es opción, al menos para mí.
Como hablaba hoy, huí muchas veces de la vida. Huí de la gente, de la escuela, de la familia, de mi vida.
Y siento que después de tantos años, ahora estoy volviendo... estoy en el micro de vuelta, la cabeza pegada a la ventanilla, el día nublado, las vacas de fondo, el aire acondicionado que me hiela los dedos de los pies. Estoy sola, no hay nadie al lado mío, a penas algunas personas al fondo. En esta época no hay mucha gente que se vaya de viaje, es Abril. Está empezando a levantarse frío y las hojas se balancean en los árboles esperando el momento justo para partir. (Incluso las hojas merecen vacaciones)
El celular se me está quedando sin batería y lo que me angustia es que sin él no hay música en este viaje. En la otra mano sostengo la cámara de fotos, ya me cansé de sacarle fotos al paisaje repetitivo, es siempre lo mismo y mi tristeza a cara lavada va rellenando este espacio vacío.
Cuando me fui dejé atrás muchas cosas, creí que dejaba una vida, un barrio, una familia, una escuela, unos amigos pero era tan solo una chica con un impulso no con un sueño, por eso cuando llegué a la estación de la otra punta del mundo me encontré desorientada, desesperanzada, sola, realmente sola. No había manera de que esto saliera bien.
Pero allí en la estación no hay abrazos esperándome, ni taxis tocándome la bocina, ni perros olfateando el pasado que dejé atrás. Era de madrugada, hacía frío y estaba sola. Casi no tenía plata y la poca ropa que había llevado no abrigaba esta soledad.
Se supone que uno ante una situación así reacciona, se da cuenta del error, recapacita. Bueno, yo me asusté. Ahora era una chica con un impulso, sin un sueño, y con miedo. Mucho miedo.
Ahora quiero volver a casa y es mi segunda vuelta. En la primera no cabía en mí más que verguenza pero nunca arrepentimiento. Seguí sintiendo la misma soledad, el mismo frío y el mismo dolor. Volvería a hacerlo hasta que reaccionara. Pero nunca reaccioné y volví a irme, y regresé.
Pero ahora quiero volver a casa y estoy en el micro de vuelta y estoy asustada pero ahora no estoy sola y ahora es distinto, no es la verguenza lo que más me preocupa (¿Verguenza de qué?).
Porque ellos que me reciben no sienten verguenza, están contentos de que vuelva. Y yo solo quiero volver, fue un viaje tan agotador, perdí tantas cosas de por medio que a veces se me es imposible creer que estoy a salvo aquí en este micro.
Estoy en el micro de vuelta, la cabeza pegada a la ventanilla, el día nublado, las vacas de fondo y...

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