miércoles, 10 de febrero de 2010


No puedo leer.
No puedo escribir.


En esta última semana me compré tres libros y ambos los tuve que cambiar porque no me interesaban. Luego del tercero me di cuenta que los libros no tenían nada de malo, sino era yo.
Esa calma que podía encontrar introduciéndome en la lectura ahora me es difícil de hallar. Intento cuando estoy viajando en colectivo, a la tarde luego de una siesta, antes de dormir (que siempre suelo dormirme con el cansancio de mis ojos frente a la lectura). Pero no puedo. Ojeo el libro un par de veces y me digo convencida: ¡Este libro es perfecto! Lo tiene todo. ¿Cómo puede ser que no pueda seguirle?
Ahí vienen los reproches, los enojos en falso, los simulacros de ¡Si no leés te voy a obligar a sentirte mal por eso!

Pero todo es supersficial, sé en mi interior que no me encuentro en paz, no tengo esa paz que me guía a un orden natural, es ahora que lo tengo que fingir. Y con las cosas fingidas hace rato que no puedo contar.
Y me desespero. Necesito callar esta voz, necesito encontrarme en alguna otra historia totalmente ajena a mi realidad, necesito encarnarme en la piel de otro personaje que lejos esté de parecerse a mí. No quiero identificar mi dolor, quiero alejarlo, esfumarlo.

Quiero que mi realidad sea tan fictisia como la de aquéllos cuentos y que pueda cambiarme el personaje cada vez que me voy a bañar. Así nunca me aburriré en esta vida.
¿Por qué cuándo uno más necesita algo más inalcanzable se vuelve? No estoy pidiendo nada de otro mundo, nada nuevo, ya lo he echo antes.
Este nuevo libro se llama "Retrato de un hombre desnudo" y habla del mar y de la calma que le genera. Cuando vi la tapa creí poder sentir eso de lo que estaba hablando, cómo las aguas absorven tus pensamientos, tu sufrimiento, tu incertidumbre. Y lo único que importa es esa sintonía que encontrás dentro tuyo. Por fin la realidad se separa de vos. Encontrás vacío, quizás, paz. ¿No es eso lo que todos buscamos? Paz.
Mi paz era monótona, en el buen sentido. Mis días se resumían a sentarme a leer, a reír, a llorar junto a las páginas amarillentas del libro. Y ahora todo lo que tengo es ruido. Ruido que no se define, que se hace notar, que molesta, que es nostálgico quizás.

Y yo poco puedo hablar. No, ningún ratón me comió la lengua; es mi propia inhibición o cobardía, no sabría decir.
Es de lo único que puedo escribir y pensar. Desperdicio mi tiempo en mí misma.
Y la galletita de la fortuna me dice:
La falta de decisión no te permite progresar a la velocidad a la que podrías hacerlo- Y yo le creo porque es verdad.
Una vez más, has dado en la tecla galletita piola.

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