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Los libros que trepan por las paredes en la biblioteca de mi abuela.
Y el piano de antaño que toca mi tía con los ojos goteando porque su hijo le ha faltado.
Yo más quisiera conocerlo aunque sea a través del recuerdo. Miro sus fotos y le descubro esa mirada melancólica del viajante que se la pasa buscando y no encuentra nada.
En el mar él se perdió, abandonó su alma allí y fue a nadar hacia su libertad.
Algunos se consuelan entre abrazos, algunos fingen que aquéllas olas no lastiman.
Su ropa envuelta entre la arena y el pasaje de vuelta que se perdió con la tormenta.
La lluvia secó mis lágrimas y arrastró una vida.
Qué más quisiera yo que encontrarlo en un papel, o en un vídeo, o en una carta.
Descubrir sus sueños en la noche que rentó, muy lejos de casa. Quizás en otro país, quizás en otro mundo.
La música me transporta a su memoria tan frágil e incógnita que habita en cada rostro,
una familia destrozada y yo aún sigo aquí, sintiendo nada, sintiendo una melancolía que no puedo reconocer.
Lloro por su pasado y por mi futuro.
Lloro por la cama que ha quedado vacía y por las voces que han quedado revoloteando en la cabeza de mi tía.
Lloro por su soledad.
Lloro. Pero dentro mío creo poder afirmar que un alma antes de partir siempre encuentra su rumbo.
Rezo por creer en un rumbo.
El Ave María de Schumann resuena en mis recuerdos, y se incrusta en los nuevos.
Miradas fijas al horizonte y hacia la nada.
Miradas lastimadas y encontradas.
Futuros inciertos. Presente en mis manos.

Pablo. En mi memoria estarás hasta que el olvido pierda su esencia.

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