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Otro nombre (más) o (menos)

Tus canciones ahora llevan otro nombre, pero acaso los sentimientos son los mismos.
Recuerdo cuando deseaba dejar de pensarte, para poder volver a sentirme mía; quería que las palabras me pertenecieran, quería cantarle a la vida, una vida que no estuviera teñida con tu ausencia. Pero ahora tengo otro nombre, y no es mejor que el tuyo; probablemente sea oscuridad y superficialidad
Todas sus acciones tienen una explicación y no soy yo
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La mayoría de mis chicos son libres pero yo no soy como la mayoría

Siempre que vuelvo, no termino de estar. Tengo la cabeza ocupada en otros lugares mágicos por donde pasé y quisiera volver. Pero cuando me voy, y estoy allá, pienso en el acá. ¡Cuánto me gustaría volver! Por ende, nunca estoy acá ni allá. ¿Dónde estoy? ¡Oh, dónde! La mayoría de mis chicos son libres; son libres porque aman lo que eso conlleva. Yo no amo la libertad por lo que es sino por todo lo que podría ser. Soy una niña perdida que nunca aterrizó en el país del Nunca Jamás. Me dicen que corra, yo vuelo. Me dicen que vuelva, yo me voy. ¿Qué de hacer con la desesperación que me asfixia?             y no me aman, solo detestan que sea libre;             cuánto quisiera decirles que estoy cansada de huir;             que todos esos personajes que aparecen en los libros son ficticios. Ah, si alguien me hubiera avisado… cuán distinto sería ahora. Y la mayoría de mis chicos son libres pero yo no soy como la mayoría.
Extracto de poema de los diarios Escrache

La mujer herida

Hoy estaba recordando momentos, retazos de momentos, momentos de sangrado emocional;
pensé en el sistema Solar, y cuán distinto es ahora que he vuelto, sólo encontré la jaula vacía, y mis pensamientos dentro.
pensé en lo mucho que connota un nombre, pero lo poco que denotó el mío
el pecho canta como una cigarra;
los ojos se abren como los lirios; y recuerdo lo que se sintió tocar una mano, cómo se aferró a la oscuridad cuando se caía;
pero yo no estuve allí.

La primera vez que me hice señorita

Extracto de mi libro "Escrache"
Quizás en algunas familias se festeja cuando te viene por primera vez, se ponen contentos sin embargo yo no tengo muy gratos recuerdos, de hecho, odié el día en que mi cuerpo dejó de ser niña. Odiaba mis bustos en desarrollo, el acné en la cara, la panza a medio estirar y por supuesto, haberme desarrollado. Aquél día me sentía extraña en el colegio, con un terrible dolor de panza (Claro que aún no los identificaba como “ovarios”) y la frente me ardía de excitación. Seguí la jornada como de costumbre y al mediodía ya me encontraba en casa. Largué la mochila al piso y corrí al baño; al bajarme la bombacha lancé un grito ahogado y me quedé dura durante unos instantes. La sangre impregnada en la tela lucía opacada ante aquéllos vívidos pensamientos que se entrecruzaban. “¡Por Dios!” Solo pude decir. La abuela que pasaba por casualidad me miró asustada y enseguida entendió la escena. “Dame la bombacha que la pongo para lavar” Me dijo, y se fue con ella.

Escrache

Hace un año escribía unos diarios que se transformaron en el libro "Escrache". Elegir el nombre de un libro es complicado; se quiere abarcar en tan sólo pocas palabras todo su contenido. Se lo quiere definir, y yo odio las definiciones. Definir es delimitar, aquella necesidad humana de querer controlarlo todo a su alcance. Y lo que más le falta a mi vida en este momento es eso, control. Soy una extremista, por eso odio los extremos. Cuando aparece una idea extrema y absolutamente loca, es como si mi corazón se removiera furiosamente en el sentido de las agujas del reloj, como un remolino. Pero esta idea es real dentro de mi cabeza, por más que nunca pase al hecho, a lo concreto… que por cierto es muy concreto acá dentro. Tanto así como el sol que sale por la mañana o al tocar tu mano y saber que está ahí y no es una ilusión. Ese subidón, esta idea, les confieso, es glorioso. Esto es escrache.
Iré subiendo las entradas en ESTE blog, si les interesa leerlo.
A M. King, parte II

Me da miedo pensarla, porque yo la conocí y dije, ¡qué locura!
Y ahora vuelvo el tiempo atrás, como una ráfaga que me atraviesa, o un relámpago que me besa; una imagen muda, y luego sigue su mirada. Estaba perdida, y yo la negué. ¿Qué clase de existencia se solventa en la indiferencia, en el olvido?
A veces creo que podría salvarte, ¿puedo retener tu locura?, encerrarte en mi centro hasta asfixiar la respiración…; mis dedos hacen la paz cuando toco aquel cuerpo mustio y desgastado. ¿Puedo tocar tu locura, y penetrar en el abismo insalvable de tu sexo? ¿puedo leerte sin sentirme asquerosamente muerta?
Debí haber abrazado el fuego cuando aún llovía; debí haber vomitado antes de vaciarme; debí haberte hablado cuando aún el pájaro no era cenizas, y la palabra vivía.


El amor contra las armas

Todo comienza con una frase, una sola, simple, que te hace girar la cabeza y piensas y piensas y cuantas más vueltas le das al asunto, más tus ojos se oscurecen. “Nos robaron el peligro.
Esta es toda la verdad”.
Podría seguir escribiendo esta historia, pero hoy no me levanté de humor. Me siento vacía y cuanto más pasan las horas, ardiendo contra mi piel, palabra por palabra; ¿Qué es el amor?; ¿Dónde van a parar los solitarios? Si todos tuviéramos un sendero que compartir… no, ¡Qué va! No será a nosotros porque la muerte nunca nos toca, no nos llega. La vemos desfilar frente a nosotros pero eso es todo. Pasa como una sombra, y siquiera tiene la dignidad de mirarnos. ¿Y qué hay de la vida? Mejor no me hables. La vida le hace sombra a la muerte; juegan a las cartas y se ríen de mi destino. ¿Destino? No, porque yo he elegido esto. Es una falla, gran falla, gran D. ¿Sobre qué quieres hablar? Esto, entre tú y yo, es asunto terminado. ¿No lo ves? Las piezas están rotas y no sabemos cómo ordenarla…